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Con este título explicitamos algo obvio. Cualquiera de vosotros que desee utilizar esta web o nuestra radio para compartir información, invitar a algún evento, recordar la cita prevista en tu pueblo, comprar, vender, intercambiar, regalar... lo puede hacer poniéndose en contacto con nosotros aquí.

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EL PAYO DE LA MEMORIA
 

“La memoria es una facultad del ser humano que a veces se utiliza y otras veces se borra. Es subjetiva, por lo tanto parcial e incompleta. El “payo de la memoria” es un lugar al que se sube pocas veces. Está lleno de polvo y muy desordenado. Podemos encontrar allí algo que no buscábamos, porque ni siquiera sabíamos  que se había guardado. Pero también puede suceder que deseemos encontrar una cosa, y ya no esté. En realidad, para mí todo empezó con una vieja fotografía de 1955 sobre la cual poco podía yo contar, porque entonces era una criatura de dos años.  Fui rescatando otras fotos y, sin darme cuenta, muy lentamente,  empecé a subir los peldaños de la escalera del payo. El proceso fue largo. La añoranza y la pena son como esas viejas sábanas que envuelven los objetos almacenados: es inútil contemplarlas, hay que quitarlas de un tirón para descubrir el tesoro que hay debajo. Y luego airearlo y, sobre todo, compartirlo. Todas las personas tienen un payo y, cuando se comparten los recuerdos, es como si cada una aportara sus piezas a ese gran rompecabezas que es la historia y que se puede completar muy bien si hay mucha gente recordando. Con las fotos de Patxo, los huevos de la abuela, el arroyo Marimata, los zapatos del año 36, los sermones del cura, la berea y todo lo que vaya saliendo, yo intentaré poner mi granito de arena.”
Mertxe García Garmilla

Si quieres plantear a nuestros colaboradores cualquier sugerencia, pregunta o comentario envíanos aquí tu petición y tratarán de contestarte. Te esperamos.




De Valdivielso a la Luna
Radio Valdivielso Radio Valdivielso .
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"...Un par de horas antes, mi padre intentaba convencer a su amigo Chenchu, el cartero, para que entrara al teleclub y se quedara a ver la tan anunciada llegada del hombre a la Luna, pues se suponía que la nave ya había alunizado y en breve descenderían de ella los astronautas. Chenchu, echándose la boina hacia atrás, miró con ojos burlones el bello cielo que en aquella noche estival cubría El Campillo y, sin dejar caer de la comisura de los labios la colilla de su sempiterno cigarrillo, dijo con una sonrisa guasona: «La Luna ya la veo yo desde aquí. ¡Mírala, Patxo! Allí no hay nadie.» Fina ironía y claro pragmatismo de un valdivielsano al que ninguna proeza de la navegación espacial le iba a cambiar la vida. En un pueblo que solo tenía una calle pavimentada, que carecía de saneamientos, con un suministro eléctrico que daba para poco más que unas cuantas bombillas, ¿acaso le iban a emocionar a alguien los prodigios técnicos que solo se veían en la pantalla de un televisor?" [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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Radio Valdivielso
             El payo de la memoria: De Valdivielso a la luna                 Mayo2015



1865: Valdivielso y los Estados Pontificios
Radio Valdivielso .
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"...El 8 de septiembre de 1865, festividad de la Natividad de la Virgen, un periódico católico llamado El Pensamiento Español publicó un suplemento de cuatro páginas con una exhaustiva relación de donantes de todos los pueblos de la Merindad de Valdivielso, que entonces eran más de 20, con una población de unos 4.500 habitantes. Los donantes aparecen en algunos casos de manera individual, pero son muchas las familias que figuran con los nombres de los padres, los hijos y, en ocasiones, incluso del criado o de la sirvienta. Se indican asimismo las cantidades que aportaron a la colecta". [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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Radio Valdivielso
El payo de la memoria: 1865: Valdivielso y los Estados Pontificios Feb2015



La cosecha del 36
Radio Valdivielso .
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«Una mañana de alguno de los días que siguieron al 18 de julio, a hora temprana, llegó un camión a Quecedo.» Así comienza el testimonio de quien fue testigo de un hecho histórico. Pero, ¿acaso un testimonio hace historia? La memoria de un testigo suele ser incompleta, y el recuerdo puede estar distorsionado por el paso del tiempo. Los historiadores acostumbran a fijarse más en los documentos escritos, sobre todo si estos son oficiales. Sin embargo, dichos documentos en ocasiones omiten la mención de hechos que el redactor consideró irrelevantes y, otras veces, contienen incluso falsedades involuntarias o premeditadas. Entonces, ¿cómo se ha de hacer la historia? Lo mejor, sin duda, es una combinación de datos obtenidos a partir de varios testigos y distintos documentos. Cuantos más datos se obtengan, mejor será la aproximación a lo que realmente sucedió, aunque nunca será más que eso, una aproximación. Los hechos se quedaron en el pasado, y el tiempo de los seres vivos solo se mueve hacia delante. No podemos revivir lo sucedido. La única cosa factible es recoger, confrontar y combinar aquellos recuerdos que la memoria y los archivos han guardado. Poniendo manos a la obra, y en la medida de lo posible, ofreceré aquí unas pocas piezas de ese complicado mosaico que es la historia de un pequeño pueblo en una época que fue extraordinariamente difícil.

La memoria de Isabel guarda imágenes de un suceso que causó una fuerte impresión en la jovencita de 15 años que era ella entonces, en julio de 1936. Lo describe así: «Unos cuantos hombres iban en la parte trasera del camión. Se dijo que los traían de Panizares y Tartalés. Nada más llegar a Quecedo, los falangistas que venían con el camión se pusieron a detener más hombres. La gente se asustó mucho.» [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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Radio Valdivielso
              El payo de la memoria: Cosecha del 36                             Feb2015 



Hortalizas, caracoles y ogros buenos
Radio Valdivielso .
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"Algo que puedo sentir todavía es aquel olor a leche hervida que se combinaba con otros olores no menos intensos en la cocina de nuestra casa de Quecedo. A la hora del desayuno el abanico de aromas era ya espléndido. Los niños nos levantábamos tarde, y nuestro desayuno de tazón de leche y bocadillo de torreznos coincidía con la sopa de ajo del abuelo, que a esa hora volvía de trabajar en Rasillos. Además, mientras los nietos desayunábamos, la abuela ponía al fuego las legumbres para el almuerzo, que hervían suavemente con unos cuantos trozos de la corteza que se les quitaba a los jamones. El abuelo llegaba con la fruta y la verdura recién recogidas y, al depositarlas encima de la mesa, nos dejaba también una bocanada de olor a campo. Con aquellos aromas tan diversos empezábamos el día..." [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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Radio Valdivielso
         El payo de la memoria: El buen yantar 2ª parte                      Feb2015 



El buen yantar
Radio Valdivielso .
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"...Aunque suscribo en gran medida estas palabras del cronista de Carlos V, he de matizar que en Quecedo no siempre comíamos pan “tierno del día antes”. Las hogazas, envueltas en telas de algodón o lino, tenían que durar al menos una semana y, pasados unos días, quien no gozara de una fuerte dentadura no tenía más remedio que mojar el pan. No era raro ver en la calle a algún crío empapando el chusco de la merienda en el agua de la agüera, y en la mesa tampoco extrañaba que los comensales metieran trocitos de pan en sus vasos de vino o, al menos, el borde de la rebanada, pues la corteza podía estar bastante correosa. De cualquier manera, el sabor seguía siendo excelente, porque el aroma de aquellas hogazas se hacía incluso más concentrado y delicioso con el paso de los días. Dicho esto, hablemos de las viandas a las que solía acompañar tan rico pan". [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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Radio Valdivielso
         El payo de la memoria: El buen yantar 1ª parte                       Ene2015 



El hermano Lázaro
Radio Valdivielso .
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Caminos de Valdivielso, transitados durante siglos por tantos hombres y mujeres, ¿a cuánta gente habréis olvidado? ¿O solo las personas olvidamos? Tal vez tengáis buena memoria y recordéis a un hombre sencillo y afable que, hace ya cincuenta años, y también algunos más, caminaba en verano de pueblo en pueblo, por el valle y por toda la provincia, calzando unas simples sandalias y vestido con un viejo hábito de lana. Para muchos de los que le conocimos, aquel hombre es inolvidable. Desde luego, su llegada a nuestra casa era un gran acontecimiento. Nos visitaba una o dos veces en todo el verano. Aparecía hacia el mediodía, y mi abuelo le recibía con abrazos y con una gran emoción. Se sentaban juntos en el comedor del primer piso, una habitación que en época de veraneo servía también de dormitorio, pero aquel día se convertía en el lugar de encuentro de Valentín Garmilla con su primo, el Hermano Lázaro. [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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             El Payo de la memoria: El hermano Lázaro                            Nov2014



Animales en el recuerdo
Radio Valdivielso .
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"La primera vez que volví a Quecedo, después de muchos años sin veranear en el campo, me llamó la atención el silencio. Yo recordaba un pueblo donde, aunque fuera la hora tórrida de la siesta y las calles estuvieran desiertas, siempre se oía algún mugido, rebuzno, ladrido, relincho, cacareo, maullido, gruñido, balido… y, de vez en cuando, el magnífico y sonoro canto de un gallo.
Las piedras de las calles y los caminos valdivielsanos puedo sentirlas todavía bajo mis pies pequeños, que ya no lo son. Y siento el pelo o las plumas de los animales en mis manos pequeñas, aunque estas crecieron hace ya mucho tiempo. En uno de mis recuerdos recurrentes más antiguos (tendría yo tres o cuatro años), vuelvo hacia nuestra casa desde la carretera, entrando al pueblo, no por la calle principal que empieza en las casas de los maestros, sino atajando por la chopera. Cruzo un arroyo, apoyando los piececitos en las piedras para no mojarme, y subo corriendo por un camino flanqueado a la izquierda por un alto muro de piedra que casi tapan las madreselvas. A la derecha baja la agüera, escondida bajo una vegetación muy tupida de ortigas, malvas y unas florecitas de color rosa que me encantan. Al final de este camino, echado ante una maciza puerta tachonada de clavos, bajo un gran arco de piedra, me espera el Cuco, que pone tiesas sus orejas y gira la cabeza para mirarme, con ese jadeo y esos gemidos que hacen los perros cuando se ponen muy contentos." [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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       El Payo de la memoria: Animales en el recuerdo                      22 Oct2014



El Ebro y la extraña visita
Radio Valdivielso .
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"Bajar al río era toda una excursión, ya que había que caminar casi media hora. Salíamos del pueblo en dirección sur, pasando junto a la iglesia, para seguir luego el camino que cruzaba las fértiles huertas situadas en torno a la Fuente del Prado, y subía por la agreste Lomanilla, donde se respiraba el aroma de una vegetación de orégano, tomillo, espliego y gomenol. Bajando de la Lomanilla, se llegaba a Rasillos y, al pasar por aquellas fincas, gracias a la enorme cantidad de árboles que en ellas había, se podía hacer provisión de fruta fresca, propia o ajena, al gusto del viandante. Por último, el camino atravesaba la zona de terreno pedregoso donde estaban plantados los viñedos, y así llegábamos por fin a la ribera del Ebro. Esta expedición la realizaba toda la familia, convertida en una larga hilera de porteadores cargados con bolsas, capazos y cestos, pues la idea era pasar el día en el río. Después de los baños de agua y sol, el campamento se trasladaba a la chopera. Platos y vasos de estaño, fiambreras, termos y botellas invadían el mantel que se disponía sobre el suelo, a la sombra de aquellos árboles tan altos cuyas hojas verdes y amarillas tamizaban la luz, al tiempo que sus ramas se agitaban sin cesar, con un suave susurro, movidas por la brisa que siempre se sentía en aquella zona de la ribera. En tal ambiente, como es lógico, el almuerzo iba seguido de una apacible siesta que a veces se prolongaba hasta la hora de la merienda". [Seguir leyendo]
Mertxe García Garmilla
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        El payo de la memoria: El Ebro y la extraña visita                      Junio2014



Azorín en la biblioteca de Quecedo
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...Pero, vamos a concretar un poco lo que era entonces la biblioteca de Quecedo. Desde luego, era modesta. No habría más de 300 ó 400 libros. Estaba en el ayuntamiento. Según se entraba al portal, lo primero que se veía, al fondo, era el calabozo, de piedra, cerrado por una reja grande que iba de pared a pared, oscuro y lleno de telarañas, como guardando la ausencia de un conde de Montecristo que se habría fugado de allí mucho tiempo atrás. En el primer piso se encontraba el telégrafo, justo enfrente de la habitación que albergaba la biblioteca y la hemeroteca. Ignoro quién organizaba las adquisiciones y con qué criterio, pero estaban allí todas las obras que habían recibido hasta entonces el Premio Nacional de Literatura, con autores tan notables como Ana Mª Matute, Manuel Halcón, Luis de Castresana, Carmen Laforet o Miguel Delibes, y otros cuyos nombres se han olvidado ya, porque se eclipsaron después de un momento de gloria. También había libros de cuentos infantiles e incluso algunos de filosofía. Por ejemplo, gracias a la biblioteca de Que cedo, leí en mi adolescencia una obra del jesuita Padre Quiles titulada “El existencialismo”, y lo hice con gran interés, porque me gustaba mucho Juliette Gréco, y también porque en un viaje a París había visto por los bulevares muchos chicos jóvenes vestidos de negro, y la gente decía: “Esos son los existencialistas”. No sé si el Padre Quiles aclaró mis dudas sobre la movida parisina, aunque supongo que su libro sería una buena base para lecturas posteriores... [Seguir leyendo]
Mertxe García Garmilla
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      El Payo de la memoria: Azorín en la biblioteca de Quecedo         Junio2014



El Teniente Coronel Garmilla
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La bella caligrafía de los escribanos y las hojas de servicios llenas de peripecias y hazañas militares nos hablan de los orígenes y las vivencias del teniente coronel Garmilla. El señor que hizo construir Villa Susana (la Casa Roja de Valdenoceda) es Don José de la Garmilla y López, nacido en Madrid el 22 de julio de 1854, hijo del entonces capitán de caballería (y luego teniente coronel) Don José de la Garmilla y Ruiz de Huidobro (nacido en El Almiñé, el 19 de marzo de 1811 y fallecido en Badajoz el 14 de enero de 1883) y de Doña Joaquina Antonia López y Carrasco (nacida en Badajoz, el 24 de marzo de 1823). Casó el 17 de enero de 1886, siendo alférez de infantería, con Doña Susana Antón y González, natural de Burgos y nacida en 1851. El mismo año de su casamiento ascendió al empleo de teniente de infantería. Don José falleció en Burgos, el 17 de diciembre de 1922. El 1 de junio de aquel mismo año se le había expedido a Doña Susana una cédula personal en la merindad de Valdivielso, con número 1149, según consta en un documento militar del 3 de enero de 1923. En la hoja de servicios de Don José se menciona Valdenoceda reiteradamente a partir de 1896, como uno de los lugares en los que él pasaba sus periodos de licencia por enfermedad o asuntos propios, y como la localidad donde estableció su residencia fija a partir de febrero o marzo de 1899. Se le concedió la baja definitiva, o sea el retiro, por Real Orden de 27 de julio de 1914. Era teniente coronel desde 1912. Y antes pasó dos años completos guerreando en Cuba como capitán al mando de una compañía… Pero, empecemos por el principio... [Seguir leyendo]
Mertxe García Garmilla
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Juegos, trabajos y largos veranos
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...Pero, vayamos por partes. No todo era libertad y veraneo salvaje. Las niñas que habíamos nacido en una familia donde no hubiera servicio doméstico, teníamos que aprender y compartir aquellas tareas que en los DNIs de nuestras madres y abuelas se denominaban “sus labores”. Las dos o tres primeras horas de mi jornada estival en Quecedo las pasaba yo haciendo camas, barriendo suelos, lavando ropa en el lavadero y, ocasionalmente, yendo a la tienda a comprar aceite, azúcar o lo que se necesitara en cada momento. La única tarea doméstica que compartían los varones era la de acarrear agua desde la fuente con botijos, cubos o barreños. La verdad es que a las niñas veraneantes de entonces no se nos ocurría protestar contra el injusto reparto de las tareas domésticas, tal vez porque nos sentíamos unas privilegiadas al ver todo lo que trabajaban las niñas del pueblo. Además de los trabajos que hacíamos nosotras, ellas tenían que dar de comer a los animales, ayudar en el campo y, casi siempre, cuidar a algún hermano pequeño o vigilar la lumbre para que no dejara de hervir la olla mientras sus madres trabajaban en las fincas... [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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    El payo de la memoria: Juegos, trabajos y largos veranos           Mayo2014



Y más en tal valle
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Este niñito rubio, en pie delante de un montón de gavillas, está lanzando una protesta, y podría ser un símbolo de la agricultura en nuestro país: ¿cómo no va a clamar a voz en grito, si le han dejado en pañales y con un bote de talco en la mano para que se calme él mismo las escoceduras? Lo mismito que el agro ibérico. Como un Cupido expoliado que ya no dispone de flechas con las que alcanzar el corazón de las autoridades competentes, el niño adivina lo que va a suceder en el valle.  [Seguir leyendo]

Mertxe García Garmilla
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       El payo de la memoria - Y más en tal valle                                   Abril2014



La iglesia y el cabaret
Radio Valdivielso .
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Cuando llegábamos a Quecedo, a primeros de julio, una de las visitas obligadas era la que hacíamos al señor cura. Don Agapito nos obsequiaba a los niños con los restos de pan de ángel que quedaban después de recortar las hostias, y su hermana Irene, una mujer piadosa que hacía de sacristana y ama de cura, nos invitaba a comer aquellas fresas tan deliciosas que ella misma cultivaba en el jardín de la casa parroquial, un vergel lleno de flores. Cuando yo me quedaba extasiada mirándolas, don Agapito se acercaba y me decía: “Ya sabes que a la Virgen le gustan más las flores del campo. ¿Este año le llevarás también un ramo?” Y yo, ni corta ni perezosa, el primer domingo iba a coger flores silvestres y me presentaba en la iglesia con un ramo enorme que el buen hombre tenía que repartir en varios floreros. Eso siempre lo hacía él, aunque luego Irene me ayudaba a colocarlos por toda la iglesia. Don Agapito era un hombre tranquilo y afable, muy querido en el pueblo, y, según mi padre, que mantenía con él largas conversaciones, una persona muy culta.
Los domingos todo el pueblo iba a misa, salvo dos vecinos que nunca entraban en la iglesia, porque, según se decía, eran “rojos”. Cuando los niños preguntábamos por qué les llamaban así, los mayores nos contestaban: “Porque no van a misa”. Y cuando preguntábamos: “¿Y por qué no van a misa?”, nos contestaban “Porque son rojos”. Y nunca llegábamos a entenderlo, pero nos conformábamos pensando que eran “cosas de mayores”. Las “cosas de mayores” nunca se entendían. Años más tarde, al llegar a la adolescencia, yo misma dejé de ir a misa, pero solo en Bilbao, por que en el pueblo no se podía “dar la nota”.   [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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        El payo de la memoria: la iglesia y el cabaret                             Abril2014



La guerra y los zapatos
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El verano de 1936 empezó igual que cualquier otro, al menos para los niños. Cuando los pequeños terminaron el curso en la escuela, y los mayores en el instituto, Juana se fue a Quecedo con sus cuatro hijos. El padre, Valentín, se quedó en Bilbao trabajando, pero iría en agosto, como todos los años.
Sin embargo, en agosto de 1936 los niños no vieron a su padre, ni le verían hasta muchos meses más tarde. Llegó el otoño y Juana estaba sola en el pueblo con sus cuatro hijos, y sin más noticias de su marido que las cartas que le llegaban a través de la Cruz Roja. Sabía que en el valle estaban sucediendo cosas terribles y oía que en Bilbao la gente lo pasaba aún peor. Cuando recibía una carta, la fecha indicaba que Valentín la había escrito un mes antes, y Juana pensaba en los bombardeos que habría sufrido Bilbao durante aquel mes y se preguntaba si su marido seguiría vivo. Él trabajaba en el puerto, un lugar especialmente peligroso.
Juana y sus hijos no tenían dinero y tampoco ropa de invierno. Pero los parientes y vecinos se organizaron para proteger y mantener a aquella familia. Isabel, la hija mayor, me cuenta, mirando algún punto lejano y esbozando una dulce sonrisa: “La tía Anita mató un cerdo para nosotros, y la tía Ciana curó los jamones… No teníamos abrigos y llevábamos puestos los jerseys uno encima de otro. Lo peor era lo de los zapatos, porque solo teníamos zapatos blancos, que era lo que se llevaba entonces en verano, así que ¡tuvimos que pintarlos de negro!”  [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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        El payo de la memoria: La guerra y los zapatos                         Abril2014



La solana, los huevos y la memoria
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La casa de Quecedo tenía de todo, pero no había salón, porque el lugar donde nos reuníamos era la solana. Allí se leía, se cosía, se pintaba, se charlaba y, en vez de mirar la televisión, que entonces no existía, contemplábamos el castillo de Toba, que en la lejanía parecía más entero que visto de cerca y nos daba pie para inventar historias fantásticas de damas y caballeros de antaño. En cuanto a los informativos, estos corrían a cargo de los vecinos que pasaban por la calle y, al oír voces en la solana, saludaban y se paraban a comentar las últimas noticias del pueblo, el pronóstico meteorológico y el estado de las cosechas.
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También teníamos un payo (o desván) donde estaba el taller del abuelo Valentín, que lo mismo hacía cunas y sillitas para los nietos, que arreglaba zapatos y sandalias de toda la familia. Desde el amplio tragaluz del payo había una vista preciosa de todo Quecedo. Las manzanas y las nueces almacenadas aromatizaban el ambiente con un olor delicioso.  [Seguir leyendo]
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Mertxe García Garmilla
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        El payo de la memoria: la solana, los huevos y la memoria        Abril2014



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